Plumas Invitadas
Por: Bandido Diamante
Imagínate un bosque por la noche: todo es silencio, nada se mueve. Uno podría pensar que no hay vida. Y claro que la hay, es sólo que los animales pequeños están escondidos, porque al anochecer es cuando salen a cazar los depredadores.
El autor Yancey Strickler —cofundador de Kickstarter— escribió la Teoría del Bosque Oscuro del Internet. La idea es la siguiente: a finales de la década de los noventa, cuando recién se masificó el acceso a internet, éste era un espacio donde nos adentrábamos para divertirnos. Así nos acostumbramos a vivir por años, hasta que llegó la noche y, con ella, los poderosos depredadores: grandes empresas, políticos y opinadores profesionales.
Los espacios virtuales que alguna vez fueron para enriquecer el desarrollo, para encontrar opiniones sin mordazas o para divertirse un rato, fueron tomados. Hoy, sabemos que el político que gana la elección es el que se convierte en meme. Y que muchos de estos memes no son orgánicos, sino diseñados por mercadólogos. Sumado a esto, se estima que 60 por ciento de la actividad en internet viene de bots, es decir, de usuarios falsos o seguidores comprados.
Ante esta realidad, muchos habitantes del bosque del internet no nos quedamos de brazos cruzados ante los depredadores. La solución fue buscar nuevos espacios: madrigueras donde podamos seguir expresándonos, sin ser arrasados por las enormes fuerzas del algoritmo y la publicidad. Buscamos guaridas que no estén optimizadas ni monetizadas y, sobre todo, donde no nos sintamos vigilados.
Las madrigueras no son eternas: ¿recuerdas lo que decía de cuando empezó Twitter? ¿Que era nuestra «válvula de escape»?, así lo veíamos antes de convertirse en un espacio con un montón de gente enojada. Es una madriguera que dejó de serlo. Lo importante no es la plataforma que usemos como guarida, sino la búsqueda constante de estos espacios a donde podamos migrar.
Al tiempo de redactar este texto, hay muchas madrigueras disponibles. Una de ellas son los grupos de WhatsApp, donde es común que con una sola persona que entre o salga del mismo, la dinámica social cambie y el grupo salga de balance. Encontramos otra guarida en el regreso de los correos electrónicos. De forma irónica, su ventaja competitiva es que es tecnología tan antigua, que no está optimizada por un algoritmo, sino que los mensajes llegan a la bandeja de entrada de forma cronológica, ya sea por contactos conocidos o por suscripción.
Buscamos espacios de conversación despresurizada, donde no existe la sensación de que cuando te equivoques, saldrán personas quién sabe de dónde para disfrutar verte caer. Estos santuarios digitales nos ofrecen una línea de defensa psicológica, y sobre todo de reputación. Es decir, se parecen más a la vida real, donde podemos recuperarnos de nuestros errores que, por cierto, todos vamos a cometer.
Como ya has de sospechar, mi madriguera favorita es el podcast.
Cuando una persona te regala el tiempo de escucharte por más de quince minutos, es muy difícil que lo haga con el objetivo de juzgarte.
La belleza del podcast es que quien llega a escucharte, a dejarte un comentario y a convivir contigo, interactúa de forma longitudinal. Un video de siete segundos de gatito puede tener millones de reproducciones y convertirse en contenido «viral», que es lo que muchos mercadólogos —sobre todo, los que no le entienden bien al internet— aún persiguen. El podcast es todo lo contrario: es un espacio que no busca impactar a lo amplio (número de vistas o Likes), sino a lo profundo. Se trata de crear una verdadera conexión y sentido de comunidad. De entender a quienes escuchan no como «clientes potenciales», sino como personas.
Hay muchos géneros dentro del medio de podcasting: desde periodismo y comedia improvisada, hasta series de ficción. El género donde me desenvuelvo mejor es uno que tiene algunos milenios de existir: la conversación.
Soy fiel creyente de que el intercambio de ideas nos trae crecimiento. De la virtud invisible de escuchar, y también de ser precisos al expresarnos. Creo en ser honesto: con nuestro interlocutor, con quienes nos escuchan y —la forma difícil de honestidad— con uno mismo.
**Esta columna es un extracto del libro Conversaciones. Consíguelo en tu Amazon más cercano o haz clic aquí.