Dani Alves: la historia de un pobre hombre que lo hizo todo para escapar de Pumas

Esta es la triste historia de lo que un pobre hombre es capaz de hacer por no jugar en un equipo desgraciado como los Pumas; ésta es la historia de Dani Alves.

Corría el mes de julio del 2021 y el futbolista brasileño buscaba otros horizontes en los cuales encontrar la alegría que sus ojos verdes habían perdido. Luego de haberlo ganado todo, el lateral quería encontrar de nuevo una chispa de alegría en un reto tercermundista que lo volviera hacer sentir vivo.

Y así fue como, en un arranque de entusiasta estupidez, Dani atendió el llamado de los Pumas, el equipo más mugroso de América, pensando en que entre el cochambre y el olor a miados podría encontrar nuevos retos para su carrera.

Pero la realidad lo golpearía muy pronto. Se arrepintió a los cuatro punto dos segundos de haber firmado su contrato. Se dio cuenta de inmediato que había cometido el peor error de su vida, que se había arruinado de manera voluntaria: «Soy la persona con ojos verdes más estúpida del planeta», se dijo en el estruendoso silencio que habitaba en su cabeza.

El nuevo infierno al que había entregado su alma constaba de jugar los domingos al mediodía para entretener a un ganado de menesterosos desarrapados ignorantes infulados cuya idea de sí mismos era parecida al autoestima de la gente que sí se baña. Sentir la caída del sol en su cenit en el estadio más pinche de México, el murmullo en el que se alcanzaba a escuchar el ingenio de una porra que rezaba «ceú, ceú, pumas», olerle el sobaco a Johan Vázquez y saberse a una distancia caminable del metro Copilco lo rompió.

Daniel Alves da Silva no pudo más. Tenía que salir de ahí y terminó por hacerlo como lo hacen los verdaderos hombres: cogió un vuelo a España, en donde las leyes son de verdad, y violó poquito, lo suficiente, a una mujer que le coqueteó en un tugurio. Ahora paga una condena de 12 años.

Al preguntarle si valía la pena pasar más de una década en la cárcel para escapar de CU, Dani contestó: «Cada maldito segundo».

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