Lo que comenzó como una tranquila tarde de compras se convirtió en una angustiante odisea de supervivencia para Luis y Andrea, una pareja mexicana que pasó siete días atrapada en una sucursal de IKEA, sin poder encontrar la salida ni atreverse a pedir ayuda.
«Al principio todo iba bien. Dijimos: “Vamos por un sillón y de paso vemos si hay una lámpara bonita, no importa que tardemos quince días en armarla”. Pero después de unas horas nos dimos cuenta de que ya habíamos pasado cinco veces por la misma mesa de centro y que no podíamos regresar a la entrada», explicó Andrea, con la mirada perdida y un trauma evidente cada vez que escucha la palabra «minimalismo».
Según relataron, la pareja subestimó el laberinto de muebles y pasillos infinitos de la tienda. Aunque en varias ocasiones se toparon con empleados, optaron por no preguntar por vergüenza, convencidos de que, si seguían caminando, eventualmente encontrarían la salida. Espóiler: no la encontraron.
Conforme pasaban las horas y la desesperación aumentaba, Luis y Andrea idearon estrategias para sobrevivir en la tienda sin levantar sospechas. Según compartieron, vivieron a base de albóndigas suecas, café gratis y pan de centeno seco. Afortunadamente, IKEA tiene un restaurante, aunque después del quinto día Luis admitió que cada albóndiga le sabía a caca sueca.
En cuanto al descanso, la pareja contó que durmieron en las recámaras de exhibición, eligiendo una cama diferente cada noche y tendiéndola cada mañana para no levantar sospechas. Andrea confesó que descansar en una habitación perfectamente ordenada le ayudó a sobrellevar el estrés. Respecto a su higiene, la pareja intentó usar los baños de exhibición, pero la cruda realidad los golpeó al descubrir que los sanitarios no estaban conectados. Finalmente, Luis recurrió al baño real, pero tuvo que esperar a que se despejara la zona para no delatar su presencia. Para mantener la cordura, Luis leyó manuales de ensamblaje en sueco y jugaba a adivinar qué pieza era el Flärdfull y cuál el Blåhaj. Mientras que Andrea, por su parte, trataba de hacer yoga en la sección de alfombras, pero terminó desesperada por no encontrar la salida.
Tras siete días atrapados, un empleado de limpieza comenzó a sospechar la presencia de la pareja tras varios días de verlos con la misma ropa. Luego de una discreta vigilancia, descubrieron a la pareja arreglándose en un espejo y aplicándose perfume de muestra, como si estuvieran en un hotel nórdico todo incluido.
Tras ser liberados, Luis y Andrea anunciaron que demandarán a IKEA por daños psicológicos y diseño de tienda «excesivamente confuso». Según su abogado, el recorrido del establecimiento viola los derechos humanos al convertir cada visita en una trampa psicológica sin aparente escapatoria. Por su parte, IKEA se deslindó de toda responsabilidad, argumentando que la tienda cuenta con suficientes señalizaciones, pero que los mexicanos nunca las leen.